Cobarde

He vuelto. He vuelto y lo más gracioso es que no sé ni qué carajos estoy haciendo.

Ya, que no tengo nada que decir y, sin embargo, quiero soltarlo todo.

Soltar, por ejemplo, que llevo más de seis meses sin escibir nada, pero absolutamente nada. Que tengo más de seis proyectos detenidos, pudriéndose en alguna carpeta de mi computadora. Que los he visto y leído más veces de las que puedo contar con una mano y ni aún así se me ha ocurrido una sola frase que le de continuación a la mierda.

Quiero contar que he estado decepcionando personas y que no me arrepiento de nada. Que soy un dramático y me encanta matarme los sueños solo.

He dejado mi trabajo, y no me ha dolido ni un poco. Mis excompañeros me mandan mensajes y me preguntan cómo estoy y la mayor parte del tiempo los ignoro olímpicamente. Maté una amistad de casi ocho años en un momento de depresión y no me siento mal por eso, me siento mal porque, por un momento, pensé en aliviar el pesar marcándome yo solo, como si fuera cualquier mierdecita emo que vaga por la vida con un par de cuchillas de afeitar en el bolsillo.

Quiero decir que volví a hacer el examen de la universidad y, pese a todo negativismo, pasé la puñetera prueba. Pero me dio pánico entrar a clases de nuevo. A mis veintitrés años me siento un anciano ridículo, un enfermo, un desahuciado que apestaría entre tanto joven recién egresado de la preparatoria. Corrí, salí huyendo de todo plan. Mandé todo a la meritita verga, y dejé todo a medias. La semana pasada habría sido mi primer semana de clases en la carrera de Literatura y Letras Hispanoamericanas; una carrera que, además, he deseado desde la preparatoria.

Pero es que me hierve este deseo de complicarme todo, de torturarme solo, de hacerme pensar que no me merezco nada porque para nada sirvo. De llorarme las heridas sin chupar. Me mata la necesidad de matarme yo solo. Si yo no lo hago nadie más lo hará.

Contemplo mis días deseando que me pase algo malo. Me deprimo dos días de cada tres, me sufro, me consuelo, me levanto.

Me gusta y no me gusta.

Sé lo que nesito y no tolero que nadie me diga qué hacer.

Puedo ponerme a salvo y, en lugar de eso, vuelco mi ánimo en los chistes malos y el humor oscuro.

Alimento las ansias de sepultarme.

Soy un cobarde que no sabe lo que está haciendo en ésta vida.

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