“En éste, tu cumpleaños…”

<<- ¡Santos y buenos días! -dijo la muerte, y ninguno la pudo reconocer…>>
[Ornelio Jorge Cardoso – “Francisca y la muerte”]

¡He vuelto, mis hijos! ¿Me extrañaron? yo sé que sí, yo sé que me extrañaron.
Por cierto ¿saben que día es hoy, quién cumple años?
¡Claro que sí, hoy es especial! Hoy cumple años una de las personas más importantes en mi vida, de indecible talento, inmejorables letras, sagaz y temerario, hoy es el Gran Día… ¡¡HOY CUMPLE AÑOS EDGAR ALLAN POE!!

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¡Mestroooooooooo!

[y el 22 es el de Lord Byron Bendito del Sagrado Purgatorio y La Virgen del Nopal Ardiente]

Ah, y yo también, antes de que pregunten.
Lo cierto es que, a partir de las doce am, me volví un año más viejo, ya veintitrés largos años, yo creo que ya es hora.
Como sea, sigo aquí y nada más porque no le he encontrado el truco a la cosa, que una vez que se lo halle diré como Maximiliano: “¡Adiós, Carlota!”

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Sí, me refería a este tipo, tan gay él [y no lo digo yo, lo dice la historia]

Pero por el momento, me conformo con seguir aquí y, aprovechando que me conecto para arreglar unas cosas del partido [no he estado todo el tiempo ocioso, tengan noticia de que me uní a la media política mexicana y estoy ayudando al comité de mi rancho jajaja], pues aprovecho subir una entrada.
Por cierto ¿ya vieron la cuarta temporada de Sherlock que recién terminó? ¡Qué cosa, yo todavía no lo supero! me niego a sumirme en hiatus tan pronto, de hecho me niego del todo a tener que esperar si es que seguirá la cosa, que yo creo que sí, además el fandom sigue vivo, medio ghoul pero vivo al fin.
También Supernatural, ahora que ya me estaba acostumbrando a este Lucifer vienen y me lo quitan, hay que ser hijoputa, en serio. Y el mismísimo Lucifer, del que no he visto más que los primeros capítulos porque se fue a helliatus también, sopotamadre, ya no sé qué ver [o quizá debería aprovechar a ver Teen Wolf, ahora que está saliendo la nueva temporada].

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El fandom desde el domingo xD

Lo que sí he visto es anime, vi Death Parade hace un par de días [¿habrá segunda temporada? porque Decim ya está en mi kokoro] y ¡por fin! Psycho-Pass 2 ¡Ginoza-san, hazme un hijo! creo que debería empezar a hacer reseñas de anime con descargas ¿ustedes que piensan?
Sigo igual, por cierto, de inútil. Y éstas vacaciones vino mi hermana a visitarnos, y ya se regresó al lugar donde estudia, éste semestre le toca la tesis, ah como me vio la veré LOL [La verdad la extraño, no tengo con quién hacer barullo en la casa y que nos corran al patio o nos estén gritando que nos callemos]. También por ahí había empezado a hacer amigos, ya saben que los viejos me dejan entonces debo seguir buscando, como entre la chatarra, y pues nada, no les gusté y me dejaron de hablar, pero fueron un par de semanas divertidas, hasta salí un poco y así. Ah, qué voy a hacer conmigo [Mawar: ¡Arsénico!]

Ah, ya, creo que debería dejar de aburrirles a medias y pasar a aburrirlos en serio LOL
Les dije que iba a hacer un mega post de libros del reto Cúpula del año pasado ¿no es así? sin embargo no lo terminé, el reto digo, y pues no merece mención jaja tampoco Elena terminó el suyo así que estamos tablas en ese sentido. Éste año empezamos el reto del abecedario, es decir un libro por cada letra, estoy leyendo “Año del Dragón” y voy por buen camino.
También empecé un reto que más que reto es práctica, para escribir, ya saben.
Se trata de escribir papelitos con ideas, diálogos, títulos de canciones, o escenas y cada semana sacar un papelito y desarrollar la idea, en forma de cuento, drabble, fic, o lo que se les ocurra. Como dije, práctica.
Así que, hablando de escribir, les quiero mostrar uno de mis cuentos, más específicamente el cuento que fue enviado a concursar al XXXII Concurso de cuento en Puebla, que obviamente no gané [extrañamente un 99% de los ganadores eran poblanos, y no de otros estados jajaja] pero que a mí, en lo personal me gustó [y eso es mucho decir porque yo soy de los que leen una y otra vez mis cuentos hasta odiarlos, todos y cada uno]. Éste me lo revisó mi hermana, y mi amigo Pablo y a ambos les agradó de alguna manera jaja

OJOS NEGROS

>>Quizá sus ojos son lo que más recuerdo –decía- Esa frialdad pura, esa oscuridad que parecía el fondo del alma. Como ver una calle desierta una noche lluviosa; un escalofrío recorría mi espalda cada vez que ella me miraba con esos ojos tan oscuros.
Y aun así no entendía como ella podía ser poseedora de tanta belleza, de un cuerpo tan bonito y perfecto, que atraía las miradas como el color blanco a la luz del sol. Toda ella caminaba majestuosa por la empedrada, con la melena larga y negra colgándole en guedejas por la espalda, el tacón vertiginoso que chocaba con ritmo. Un movimiento interminable de curvas pequeñas y grandes, de pies a cabeza. La muchacha más bonita del pueblo, como decían las señoras en la iglesia. La flor más fresca en medio del parque.
No me malentienda usted, yo nunca me enamoré de ella. Me daba miedo. Me dejaba azorado, estúpido.
Sin embargo ella me hablaba. Me saludaba con la cabeza desde lejos, o alzaba su mano muy fina al pasar. A veces venía a hacerme la plática cuando pasaba al mercado a hacer las compras en la mañana. Me miraba con curiosidad, como si yo le causara admiración, aunque no entendiera bien porqué.
Verá usted, por alguna razón siempre pasaba por el taller en el que yo trabajaba, y así andando se volteaba a ver, como buscándome, como queriendo que yo me pusiera en frente suyo y le armara la plática. Los colegas me hacían burlas con eso.
Tíratela de una vez – me decía Pablo.
Hazle caso, hombre, pobrecita – le seguía Alberto.
Decían que me hacía yo del rogar como si fuera una señorita. “Mírala nomás cómo voltea”.
Todos hablaban de lo suertudo que era yo, pero no era cierto; algo me decía que no. Que ella no era como las demás muchachas, que la mayoría siempre son un poquito iguales por muy bonitas que estén. No, ella daba otro aire, sabe. A ella no se la tiraba uno.
No importaba cuánto tiempo pasara, me seguía dando esa punzada en lo alto del cogote cada que la miraba. Como de malo. Como de aléjate antes de que te coma vivo, Alejandro; pero ella seguía apareciéndose, como la bendita. Venía a medio día y saludaba a todos y se iba a buscar las tortillas para la comida; me seguía buscando la plática, a mí que no era nada especial, un chalán más del taller, un alguito más que nada.
Y entonces se vino la feria.
La feria del pueblo, sabe, con sus bailes y sus encantos de a dos por cinco. Todos me hostigaban desde temprano en el taller, se me alzaba el barullo alrededor.
Invítala al baile de cierre.
— Bien que quieres, no te hagas, Ale.
— Te la ganan si no lo haces.
Y así muele que muele, todos los días. Hasta que fui, ya sabe, más por acabar el borlote que por ir de veras. Fui, como le digo, queriendo y no a buscarla a su casa donde vivía con su tía; y la invité al baile, y también le pedí permiso a la vieja como para no dejar.
Le dije que iríamos al baile del cierre de la feria (como me habían sugerido todos), el más grande que se hacía el domingo después de coronar a la Virgen, y dijo que sí, que sí quería ir.
Ya hasta había pensado que no me ibas a invitar– me dijo.
Pero viera usted que ni así me sentía yo contento; como que algo me faltaba. Sentía que me bullía el pecho con la intriga, algo, una vocecita muy en el fondo de la cabeza me advertía con mensajes locos que lo mejor era no ir, no aparecerme el domingo y dejar que la gente se quejara después.
Pero cuando uno se apalabra no hay que echarse para atrás.
Y así llegó el día. Una mañana bonita como ninguna, con su sol bien clarito y rebosante de luz en lo alto del cielo, gustoso de que se coronara a la Virgen en la iglesia. La gente iba contenta por las calles con la procesión cantando los himnos, y ella iba caminando cerquita de donde llevaban a la Virgen, con su ramo de flores blancas y rosas y una sonrisa tan brillante como los vitrales de la iglesia a la que íbamos todos.
Y así de fiesta se nos fue acercando la tarde, con la música de banda y la comida, con las rondas de la lotería que ella cantaba tan bien y en la que todos jugaban uno o dos pesos.
Todo era bonito, tal cual se lo estoy contando ahorita.
Así también se nos cayó la noche encima.
Comenzó el baile, y yo la fui a buscar allá donde se daban los premios de la lotería y los otros juegos, porque sepa usted que todo ese tiempo yo no estuve con ella, yo la veía de lejos y, aunque se nos cruzaban las miradas ni una vez fui a hablarle; me llegué hasta ella, que parecía esperarme con su vestido muy blanco y almidonado y su cabello bien negro recogido en un moño con florecitas. Con esos ojos tan grandes que me seguían estremeciendo el alma.
Tragué grueso antes de estirarle la mano y llevarla hasta la placita donde se escuchaba ya la banda, en el centro bailaban las muchachas muy guapas con sus galanes. Yo sentía como todos nos volteaban a ver pero ella nomás sonreía y sonreía.
Pero yo seguía sin estarme a gusto. Sentía un calor en el centro del pecho, que me llenaba poco a poco cada que le miraba esas neblinas que apenas y le tapaban las pestañas.
Yo tenía un presentimiento sabe, como que algo no estaba bien, sentía que algo se me iba a revelar en algún momento y trataba de buscar dentro de mí una explicación. Me esforzaba por pedirle a mi cerebro un milagro, una respuesta a todo, por muy loco que a usted le parezca.
Quería yo tener todas las respuestas del mundo en una mano.
Seguía sintiendo sus ojos sobre mí, y yo bajaba la mirada más y más, como un perro al que apalean y luego se esconde la cara debajo de las patas, sin entender del todo lo que debe hacer. Con miedo. Así me sentía yo.
Cobarde me sentía sin ninguna razón más que el espanto que me comía la cabeza, ese miedillo que me daba tener la sensación de su mirada sobre mi cara. Y mi propia voz interior que me azuzaba, me exigía casi a grito pelado que la viera, que no pasara nada. Que no fuera yo collón. Que los colegas me harían burla al otro día si seguía así.
Los colegas. Porque fue por ellos que yo la había llevado ese día, porque sabía lo que hablaban de mí que no le hacía caso a la pobre, así le decían, la pobre. Tan buena persona que era ella, cuidando de su tía solterona, cobrándole la pensión y haciéndosela rendir mes con mes para las dos, yendo a la iglesia todos los domingos y ayudando al prójimo. La pobre. Justo lo que pensaba todo el pueblo.
Las farolas que rodeaban la plaza se fueron encendiendo mientras yo pensaba todo eso, nos fueron iluminando los pies y alargándonos las sombras con sus lluvias amarillas.
Nosotros dos seguíamos dando vueltas en un baile ya sin forma, no sabía siquiera si todavía quedaban parejas a nuestro alrededor. Tan metido como estaba yo en mi pensamiento. No me había dado cuenta de nada.
Y entonces, como un pinchazo, algo me hizo alzar los ojos a la luz del farol encima nuestro, con su río fosforescente que me golpeó los ojos y me sacudió el cerebro haciéndome bajar la cara más deprisa de lo que la había yo alzado.
Ahí fue cuando se me rompió el hechizo.
Todavía no se me olvida lo que vi debajo de aquel farol, y se lo digo ahora como si lo estuviera viendo. Incluso si usted me tacha de loco después de que se lo diga, mi conciencia quedará tranquila porque yo sé que es la pura verdad.
Fue un ratito. Un chispazo. Pero a mí todavía no se me borra del cerebro aquella visión.
No se me olvidan aquellos ojos todos negros como un par de pozos abiertos en busca de niños que se quieran caer, esos boquerones gritando desesperados a la luz de la luna. Y esa cara, esa carne chamuscada y prieta como lo estaría cualquier cuero sacado de en medio de las llamas, tan cerca de mi propia cara.
Toda ella no era ella. Era otra cosa muy distinta. Mis manos sostenían unas garras largas que brillaban bajo aquella luz amarilla que me había revelado todo de un tirón. Como una bofetada a mano abierta.
Y entonces grité. Pegué un alarido que me raspó la garganta como si me hubieran metido un gato, grité como le digo, y salí corriendo loco de miedo.
Corrí como si el camino fuera nada y llegué a mi casa donde me encerré con todas la luces encendidas. Esperé toda la noche con los ojos abiertos y espantados hasta que llegara la mañana y me fui en el primer camión. Sin decirle nada a nadie. Sin ir siquiera a cobrar mi quincena. Jamás volví al pueblo.
En los años que llevo aquí no le había contado esto a nadie. Nunca. Pero ahora, mire usted, es que ya no puedo estar tranquilo.
Otra vez me come el ansia. Otra vez siento sus ojos sobre mí y me sube un escalofrío por el espinazo; me congela y yo busco por todos lados, esperando verla de repente, agazapada en algún zaguán, mirándome desde las sombras.
Sonriendo de verme, con el gusto en la boca de saber que se comerá mi alma como seguro se comió la del pueblo.
Porque después de mucho pensarlo, y de tratar de convencerme a mí mismo sin poder de que lo que pasó no fueron más que imaginaciones, estoy convencido de que ese pueblo ya no es lo mismo. No sé cómo, pero lo sé.
Algo bien dentro me lo dice. La voz de mi cabeza me grita que ella se los comió a todos, que solo dejó las cáscaras vacías de las cosas.
Yo sé que esa noche vi algo que no pertenece a este mundo. Como diríamos, vi al Mismísimo. Al Diablo.
Y él se relamió mi alma, como se relame uno un trozo de carne que se ha de comer; y sé también que aunque pasen los años y yo haya hecho mi vida, haya crecido y aprendido y pensado que podía olvidarme de todo eso, él me sigue esperando. Se me aparecerá y me mirará de nuevo con esos ojos de neblina y calle mojada y vacía. Se sonreirá con el gusto de verme de nuevo y tenerme de veras a su merced. De saber que ya no puedo correr a ningún lado con estas piernas ya tan viejas como los árboles del cerro.
Se reirá con esa risa hueca con que usted se ríe ahora. <<

Ahí está, esto es todo por hoy. Recibo felicitaciones, gritos, abrazos virtuales, canciones, tomatazos, reclamos… lo que se les venga en gana, pues.

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Saludos, criaturas de otro mundo, pásenla bien hasta que vuelva a incordiar.

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