Se fue… Sólo se fue.

Hoy se fue mi abuelo.
No se fue a ningún lugar… No físicamente.
Recuerdo que sólo salió de casa la noche del sábado. Y hoy en la madrugada no los regresaron. Pero él ya no era el mismo.
Él nunca será el mismo.
Pero yo no me sentí mal en ese momento. Porque no quería ver a mi papá sentirse mal. Porque cuando le vi llegar supe que no era mi papá. Él era el hijo. Y yo, como hijo del hijo sólo pude mantenerme cuerdo.
Nadie quiere la locura donde entra la muerte.
Yo no podía estar loco. No quería estarlo.
Así que serenamente ayudé a desocupar su habitación; qué tonterías hace uno aveces, desocupar toda una habitación para recibir a alguien.
Sacamos todo.
Dejamos el lugar vacío como una caja, ahí para que lo trajeran de nuevo dentro de otra caja. Una más trágica. Una más dolorosa. Esperando con el cielo que lloraba sobre nosotros. Lágrimas frías por el largo camino desde las nubes que nos tapaban las estrellas a las dos de la mañana, que nos quitaban la luz y en sus sombras nos hacían parecer ladrones.
Nubes que lloraban. Por nosotros que no teníamos tiempo en ese momento.
Oye, haz café para tus tíos que ya vienen”, “oye, saca esta caja”, “oye ¿llamarás a tu hermano ahorita?”
Oye. Oye. Oye.
Y yo, oía. Por supuesto que oía.
Oí todo e hice todo. Con mis dos horas de sueño durándome lo de dos días, yendo de un lado a otro, llevando cosas de un lado a otro, contando el tiempo que me llevaba de un lado a otro.
Y al amanecer no lo vi. Supe que había llegado pero no lo vi.
Salí de ahí y fui a buscar a su hermana. A tres ciudades de aquí. En un autobús lleno de gente.
Viendo la neblina del otro lado de la ventana medio empañada del vaho que despedimos todos ahí metidos. Y, repentinamente, las gotas empezaron a caer.
Pero, hecho extraño, cayeron dentro del autobús. Cayeron en mi playera. Mojaron mi cara.
Y yo no detuve nada.
Sentía las miradas pero ¡al diablo! Ellos no sabían nada.
Una llamada, mi hermano, mi hermano diciendo que me fuera con cuidado… Y que me calmara.
Y yo me calmé. Y después de casi cuatro horas llegué a mi destino y traje a la tía conmigo.
Y llegamos.
Y me di cuenta que era tarde y que debía ir al trabajo.
Y estoy ahora en el trabajo. Y pienso en lo egoísta que fui al traer a mi tía diciéndole que él la estaba esperando, pero sin comentar que él ya no iría a ningún lado.
Engañando a mi octogenaria tía, moviéndonos de autobús en autobús, tratando de no hablar, usando mi dolor de cabeza para “dormir un poco.”
Pero ese egoísmo se me hizo dulce, porque cuando llegamos a casa ella ya no dijo nada. Solo asintió y dijo “ah, ya lo presentía” y yo guardé silencio y escapé.
Ahora no sé si debería haber formado parte de todo esto de una manera más activa. Me pregunto en qué soy diferente de las demás personas de mi familia. Todos están ahorita ahí, con él y yo sinceramente no tengo ganas de ir a verlo todavía. Dudo mucho hacerlo.
Y no es que no le quisiera, ¡diablos, claro que le quería! Pero él ya no está ahí. No hay sentido en ir a ver un cascarón vacío. Una piel dejada atrás porque pesa mucho.
No. Eso es agotador y yo, yo siempre he estado cansado de algún modo.
Ésta entrada sin embargo no es para otra cosa sino para recordarme a mí mismo que somos muy efímeros, que todo cambia y lo que está hoy aquí, mañana puede no estar. Todo pasa y es nuestro deber observar como todo se va, a veces para siempre, con una buena cara de respeto. Porque es todo lo que podemos ofrecer.
No ofreceré un minuto de silencio. Porque el silencio no es una ofrenda que debamos dar a los muertos.
A los muertos no se les llora, porque eso es ponerles peso. A los muertos se les despide, se les recuerda, se les ama. Pero no se les ata con lágrimas. A ellos se les deja pasar como a los árboles en la carretera.

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