Contra el cursor titilante

Eso, señores, eso exactamente.
Basta de tener miedo de ponerle final a algo, siempre quejándonos. Que si es un buen final, que quizá debimos acabarlo de otra forma, que mejor revivo al personaje que maté hace cinco capítulos.
¡Mamadas, señores, mamadas!
Si lo sabré yo, que siempre me preocupaba de cómo iba a terminar algo incluso antes de empezar, que me dolía sangrar los finales como si me dejara media pinta en cada palabra. Yo que le miraba la cara a los profesores que me leían cuando estaba escribiendo para tal o cual concurso, como pensando ‘Madre, que no me lo vayan a regresar porque no sé qué cambiarle’.
Cuando terminaba un cuento siempre lo leía veinte veces, tratando de acomodar cosas que no se acomodan, poniendo y puliendo palabras que no son piedras, ¿y para qué? si al final el pensamiento derrotista de ‘Bueno, ya así que se quede’ siempre llegaba a mi mente.
Ahora ya no, ahora escribo y me divierto haciéndolo. Ya no persigo una carrera de ‘escritor’, no persigo ni siquiera una publicación. Ahora le regalo mis letras al mundo por si hay algún que otro soñador que se sienta identificado, que sienta el calor de lo que hago, que se ría de mí, y que llore conmigo. Ahora ya no tengo excesos de futuro y nervios, ahora escribo lo que me sale y lo dejo como me sale porque por algo lo he pensado.
Espero que muchos escritores emergentes se dejen ir y paren de pensar si venderá o no, porque como escritores, amateur o no, dependemos de los lectores pero no sabremos jamás qué es lo que ellos piensan, qué es lo que ellos quieren. Sólo lo imaginaremos, y eso, eso quizá no sea ni de cerca la respuesta correcta.
Muy buen blog, por cierto, el de Úrsula Fuentesberain encontrado por casualidad en un comentario de http://www.diariodeunchicotrabajador.com que también recomiendo.

Germen

Ayer terminé un cuento.

Tuve que celebrarlo con una cerveza (artesanal y mexicana, por cierto). No es cosa de todos los días, definitivamente.

Cuando me gané la beca de la FLM pensé que había entrado al paraíso de todo aspirante a escritor. Me imaginaba escribiendo furiosamente todos los días, como imagino que Hemingway lo hacía. No fue así. Escribí poquísimo (y siempre con miedo).Image

Ahora, con la beca del FONCA siempre encuentro pretextos para no escribir. Espero demasiado de mis letras, las considero sagradas y eso es una estupidez porque el mundo no va a ser un mejor lugar si yo escribo una obra de arte o un pedazo de mierda.

Creo que ya había hablado sobre esto, pero alguna vez mi tutor de la FLM me preguntó que en qué contribuían mis cuentos a las letras mexicanas. Dije que no lo sabía. Días después me cayó el veinte: No…

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